“Más vale malo conocido que bueno por conocer”

En Honor a Su verdad
Más vale bueno conocido que bueno por conocer
¿Han escuchado esta frase alguna vez? Seguramente la mayoría la han escuchado, es una frase que está en los labios de muchas personas y no sólo la dicen mucho, sino que la viven también.
Parece ser natural en el ser humano el querer aferrarse a lo “malo conocido” en lugar de explorar aquello “bueno por conocer”. Existe un gran número de personas que por temor a lo desconocido suele quedarse atado a algo que sabe que es “malo”, pero que ya “conoce”.

Esto sucede principalmente debido al temor. La mayoría de las personas tememos a lo desconocido, y aunque la realidad presente que vivamos sea “mala”, al menos ya la conocemos, ya sabemos qué tan mala puede ser y, por lo general, hasta nos acostumbramos a cierta clase de mal, nos sentimos cómodos con eso “malo conocido” y, a causa de esto, no somos capaces de darnos cuenta que quizá haya una gran bendición de parte de Dios que nos estamos perdiendo por no querer animarnos a algo distinto.

Lo “malo conocido” puede ser un amigo o grupo de amigos, una pareja, un trabajo, una vivienda, un barrio, una forma de vida, una carrera universitaria o lo que se les ocurra, siempre habrá algo “malo conocido” a lo cual aferrarse. Y en este punto, quiero que veamos unos versículos de la Biblia:

Éxodo 3:7-10 (RVA)
(7) Y le dijo Jehovah: —Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus opresores, pues he conocido sus sufrimientos.
(8) Yo he descendido para librarlos de la mano de los egipcios y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y amplia, una tierra que fluye leche y miel, al lugar de los cananeos, heteos, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos.
(9) Y ahora, he aquí que el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí; también he visto la opresión con que los oprimen los egipcios.
(10) Pero ahora, vé, pues yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los hijos de Israel.

Aquí tenemos a Dios hablando con Moisés. El pueblo de Israel estaba bajo la esclavitud opresiva de los Egipcios, ellos clamaban a Dios por liberación y Dios escoge a Moisés para guiarlos fuera de esa esclavitud a una tierra “que fluye leche y miel”, esto significa que era una tierra muy, pero muy, próspera. Dios había determinado dar esa tierra a los israelitas para que habiten allí. Pero ¿qué pasó?

Si siguen leyendo, podrán ver cómo Moisés se enfrenta al Faraón (el rey egipcio) y tras 10 terribles plagas que Dios envía a los egipcios, el Faraón deja que Israel se vaya de Egipto. Poco después el Faraón se arrepiente y va en busca de los israelitas y en esa persecución sucede el ya tan conocido evento en el cual Dios abre las aguas del Mar Rojo y los israelitas pasan en seco al otro lado, mientras que los egipcios, intentando cruzar, mueren ahogados al cerrarse las aguas. Y así llegamos hasta Número 13, en donde leemos:

Números 13:17-20 (RVA)
(17) Los envió Moisés a explorar la tierra de Canaán y les dijo: “Subid de aquí al Néguev, y de allí subid a la región montañosa.
(18) Observad qué tal es la tierra, y el pueblo que la habita, si es fuerte o débil, si es poco o numeroso.
(19) Observad qué tal es la tierra habitada, si es buena o mala; cómo son las ciudades habitadas, si son sólo campamentos o fortificaciones;
(20) cómo es la tierra, si es fértil o árida; si hay en ella árboles o no. Esforzaos y tomad muestras del fruto del país.” Era el tiempo de las primeras uvas.

La instrucción era simple: ir a esa tierra y observarla para dar un reporte de cómo era y cómo eran sus ciudades y sus defensas. Los siguientes versículos nos relatan un poco la labor de reconocimiento, y más adelante leemos:

Números 13:27-33 (RVA)
(27) Y le contaron diciendo: —Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la cual ciertamente fluye leche y miel. Este es el fruto de ella.
(28) Sólo que el pueblo que habita aquella tierra es fuerte. Sus ciudades están fortificadas y son muy grandes. También vimos allí a los descendientes de Anac.
(29) Amalec habita en la tierra del Néguev; y en la región montañosa están los heteos, los jebuseos y los amorreos. Los cananeos habitan junto al mar y en la ribera del Jordán.
(30) Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: —¡Ciertamente subamos y tomémosla en posesión, pues nosotros podremos más que ellos!
(31) Pero los hombres que fueron con él dijeron: —No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros.
(32) Y comenzaron a desacreditar la tierra que habían explorado, diciendo ante los hijos de Israel: —La tierra que fuimos a explorar es tierra que traga a sus habitantes. Todo el pueblo que vimos en ella son hombres de gran estatura.
(33) También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de gigantes. Nosotros, a nuestros propios ojos, parecíamos langostas; y así parecíamos a sus ojos.

Estos hombres vieron una tierra realmente próspera, pero vieron allí también a soldados grandes y fuertes fortificando la ciudad y tuvieron miedo. Caleb ciertamente creyó en la promesa de Dios y les alentó a ir y tomar la ciudad, pero el resto tuvo miedo y no quería ir.

Números 14:1-4 (RVA)
(1) Entonces toda la congregación gritó y dio voces; el pueblo lloró aquella noche.
(2) Todos los hijos de Israel se quejaron contra Moisés y Aarón; toda la congregación les dijo: —¡Ojalá hubiésemos muerto en la tierra de Egipto! ¡Ojalá hubiésemos muerto en este desierto!
(3) ¿Por qué nos trae Jehovah a esta tierra para caer a espada? ¿Para que nuestras mujeres y nuestros pequeños sean una presa? ¿No nos sería mejor volver a Egipto?
(4) Y se decían unos a otros: —¡Nombremos un jefe y volvámonos a Egipto!

¿Se dan cuenta de lo que sucede aquí? Esta gente se llenó de miedo y comenzó a hablar mal contra Dios. ¿Para qué los llevó Dios allí según lo que leímos previamente? ¡Los llevó para tomar la tierra prometida! Pero ellos se llenaron de miedo y comenzaron a acusar a Dios de que Él los había llevado allí para que muriesen. Y al final intentaron nombrar un jefe para volver a Egipto.

Dios les había dado una promesa, una promesa de algo muy bueno “por conocer”, pero ellos tuvieron miedo y quisieron volver al “malo conocido”, a Egipto, aquél lugar del que pidieron salir porque ya no soportaban la opresión y la esclavitud. ¿Les ha pasado algo similar? ¿Han pedido algo a Dios y luego temido de hacer lo necesario para recibir sus bendiciones?

Miren cómo sigue la historia luego:


Números 14:6-10 (RVA)
(6) Entonces Josué hijo de Nun y Caleb hijo de Jefone, que estaban entre los que habían ido a explorar la tierra, rompieron sus vestiduras
(7) y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: —La tierra por donde pasamos para explorarla es buena en gran manera.
(8) Si Jehovah se agrada de nosotros, nos introducirá en esa tierra. El nos entregará la tierra que fluye leche y miel.
(9) Sólo que no os rebeléis contra Jehovah, ni temáis al pueblo de esa tierra, porque serán para nosotros pan comido. Su protección se ha apartado de ellos, mientras que con nosotros está Jehovah. ¡No los temáis!
(10) Entonces toda la congregación habló de apedrearlos. Pero la gloria de Jehovah se dejó ver en el tabernáculo de reunión ante todos los hijos de Israel.

Aquí vemos a dos hombres: Josué y Caleb, que creían en la promesa de Dios y querían ir a tomar la tierra prometida, pero el resto estaba apoderado del miedo, al punto que quisieron matar a los dos únicos hombres que estaban creyéndole a Dios.

En los siguientes versículos, Dios dice a Moisés que haría morir a todo el pueblo y lo iba a poner como líder sobre otro pueblo, pero Moisés habla con Dios e intercede de modo que Dios decide no destruir al pueblo, pero, aun así, ellos ya no iban a poder entrar en la tierra prometida:

Números 14:19-23, 29-32, (RVA)
(19) Perdona, pues, la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, como lo has perdonado desde Egipto hasta aquí.
(20) Entonces Jehovah dijo: —Yo lo he perdonado, conforme a tu palabra.
(21) Sin embargo, vivo yo, y la gloria de Jehovah llena toda la tierra,
(22) que de los que vieron mi gloria y las señales que hice en Egipto y en el desierto, y que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi voz, ninguno
(23) verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. Ninguno de los que me han menospreciado la verá.
(29) En este desierto caerán vuestros cadáveres, todos los que fuisteis contados en vuestro censo, de 20 años para arriba, y que habéis murmurado contra mí.
(30) A la verdad, no sois vosotros los que entraréis en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que os haría habitar en ella, con la excepción de Caleb hijo de Jefone y de Josué hijo de Nun.
(31) Pero a vuestros pequeños, de quienes dijisteis que serían una presa, a ellos yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado.
(32) En cuanto a vosotros, vuestros cadáveres caerán en este desierto.

En resumen, ninguno de los israelitas que murmuraron contra Dios pudo entrar en la tierra prometida, 40 años estuvieron errantes en el desierto hasta que todos ellos murieron, excepto Josué y Caleb, que por la fe que habían demostrado, quedaron vivos para entrar en la tierra prometida 40 años más tarde.

Lo que vemos aquí es un claro ejemplo de todo un pueblo aferrándose a lo “malo conocido” a causa del miedo en enfrentar el obstáculo que se les presentaba para llegar a lo “bueno por conocer” que Dios les estaba presentando delante.

Ellos tuvieron miedo, hablaron contra Dios, se quejaron contra los hombres de Dios, quisieron silenciar a los únicos dos que tenían fe en Dios y al final se perdieron la bendición de Dios. Luego se arrepintieron y quisieron ir a pelear, pero la promesa ya no estaba disponible, Dios había cerrado las puertas para esa bendición y sólo volvió a abrirlas 40 años más tarde.

Esto debe de servirnos de lección para estar atentos a aquello que Dios quiere darnos. Si algo le hemos pedido a Dios y Dios nos muestra que es hora de enfrentar un cambio, será necesario que cobremos valor y hagamos lo que haya que hacer. La filosofía de “más vale malo conocido” no obra la voluntad de Dios, nos mantiene aferrados a algo que nos daña y que nos impide alcanzar las bendiciones de Dios.

Así que, cuando Dios nos diga que “marchemos”, no miremos la estatura del oponente, sino la grandeza de Dios, como lo hicieron Josué y Caleb.

Hebreos 12:12 (RV-1960)
Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.

NOTA:La información sobre las versiones de la Biblia citadas en este estudio y otros puede obtenerla en la página de REFERENCIAS DE LAS VERSIONES DE LA BIBLIA




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